sábado, 1 de febrero de 2014

Los intrusos

                                                    
No recuerdo cuando los vi por primera vez. Estaba en el patio de la casa en la calle Arias, viendo como los higos maduraban y caían o se bichaban, y escuchando radio. De lo que estoy seguro es que empezaba a anochecer y hacía calor, pero no recuerdo la fecha.
Entraron juntos, atravesaron el patio, saludaron con un leve gesto, y se ubicaron en la habitación del fondo. Parecían de mediana edad, ella algo más joven que él. El aspecto era de gente común, a mí se me ocurrió un oficinista y una maestra. Llevaban una valija y un bolso por todo equipaje y vestían sencillo, él camisa clara y pantalón gris, ella un vestido floreado que llegaba hasta la mitad de la pantorrilla.
Encendieron la luz del cuarto, cerraron la puerta y no los vi hasta dos o tres días después. A Aurora le fue indiferente la novedad, ya que no hizo el menor comentario sobre los nuevos vecinos. En el fondo, esto me llamó un poco la atención. Hacía casi diez años que alquilábamos el caserón justo frente a la Fortaleza, y a pesar de lo grande que nos resultaba, siempre estuvimos solos, a no ser las esporádicas visitas de nuestros hijos y nietos,  y algún vecino del barrio que, en temporada, nos pedía higos. El trato del alquiler lo había hecho Aurora y como me gustaba la casa, nunca pregunté detalles, pero estaba casi seguro que éramos los únicos inquilinos o al menos así fue hasta entonces.
Como dije, los volví a ver a los dos o tres días, entrando al cuarto luego de atravesar el patio y saludarme sólo con una inclinación de la cabeza. A partir de ahí, llegaban siempre al atardecer, supongo que regresaban del trabajo. Nunca los vi salir por la mañana, deberían irse muy temprano. Los fines de semana vivían encerrados.
Así durante semanas o meses, no soy muy bueno para calcular el tiempo. Me acostumbré tanto a ellos que, aunque nunca cruzamos palabra, me extrañó no verlos una tarde. Pasaron varios días y no volvieron. Me animé a preguntar a Aurora si sabía algo de esa gente, pero por su mueca entendí que el asunto se terminaba allí y que no debía hablar más del tema.
Como la ausencia me seguía inquietando, decidí  hacer una denuncia. Fui, solo, a la segunda, en la calle O’Higgins, donde me trataron muy bien y escucharon con atención mi relato. A falta de los nombres, que nunca supe, les dejé una descripción de la pareja. Me dijeron que no me preocupara, que me acompañarían hasta mi casa y que ellos se iban a encargar.
Hace rato que ya no espero información. A la habitación la dejaron tal cual había quedado luego que la ordenara Aurora, antes de la visita de ellos. Todo en su sitio: el retrato de Evita siempre con flores nuevas, los muebles tapados, la foto con Lodico el año que ascendimos, el banderín granate y un poco más de polvo y telarañas.

3 comentarios:

  1. A hablar con el analista acerca de este!!!! besote! me encantó!

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  2. Este texto fue seleccionado para formar parte de una antología de relatos breves de autores de la comunidad en la que vivo, como homenaje a su 70 aniversario.

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