No recuerdo
cuando los vi por primera vez. Estaba en el patio de la casa en la calle Arias,
viendo como los higos maduraban y caían o se bichaban, y escuchando radio. De
lo que estoy seguro es que empezaba a anochecer y hacía calor, pero no recuerdo
la fecha.
Entraron
juntos, atravesaron el patio, saludaron con un leve gesto, y se ubicaron en la
habitación del fondo. Parecían de mediana edad, ella algo más joven que él. El
aspecto era de gente común, a mí se me ocurrió un oficinista y una maestra.
Llevaban una valija y un bolso por todo equipaje y vestían sencillo, él camisa
clara y pantalón gris, ella un vestido floreado que llegaba hasta la mitad de
la pantorrilla.
Encendieron
la luz del cuarto, cerraron la puerta y no los vi hasta dos o tres días después.
A Aurora le fue indiferente la novedad, ya que no hizo el menor comentario
sobre los nuevos vecinos. En el fondo, esto me llamó un poco la atención. Hacía
casi diez años que alquilábamos el caserón justo frente a la Fortaleza, y a
pesar de lo grande que nos resultaba, siempre estuvimos solos, a no ser las
esporádicas visitas de nuestros hijos y nietos, y algún vecino del barrio que, en temporada,
nos pedía higos. El trato del alquiler lo había hecho Aurora y como me gustaba
la casa, nunca pregunté detalles, pero estaba casi seguro que éramos los únicos
inquilinos o al menos así fue hasta entonces.
Como dije,
los volví a ver a los dos o tres días, entrando al cuarto luego de atravesar el
patio y saludarme sólo con una inclinación de la cabeza. A partir de ahí,
llegaban siempre al atardecer, supongo que regresaban del trabajo. Nunca los vi
salir por la mañana, deberían irse muy temprano. Los fines de semana vivían
encerrados.
Así durante
semanas o meses, no soy muy bueno para calcular el tiempo. Me acostumbré tanto
a ellos que, aunque nunca cruzamos palabra, me extrañó no verlos una tarde.
Pasaron varios días y no volvieron. Me animé a preguntar a Aurora si sabía algo
de esa gente, pero por su mueca entendí que el asunto se terminaba allí y que
no debía hablar más del tema.
Como la
ausencia me seguía inquietando, decidí
hacer una denuncia. Fui, solo, a la segunda, en la calle O’Higgins,
donde me trataron muy bien y escucharon con atención mi relato. A falta de los
nombres, que nunca supe, les dejé una descripción de la pareja. Me dijeron que
no me preocupara, que me acompañarían hasta mi casa y que ellos se iban a
encargar.
Hace rato
que ya no espero información. A la habitación la dejaron tal cual había quedado
luego que la ordenara Aurora, antes de la visita de ellos. Todo en su sitio: el
retrato de Evita siempre con flores nuevas, los muebles tapados, la foto con
Lodico el año que ascendimos, el banderín granate y un poco más de polvo y telarañas.
A hablar con el analista acerca de este!!!! besote! me encantó!
ResponderBorrarGracias por leerlo. Beso.
ResponderBorrarEste texto fue seleccionado para formar parte de una antología de relatos breves de autores de la comunidad en la que vivo, como homenaje a su 70 aniversario.
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